Llegar a la primera sesión de terapia requiere algo que no siempre se nombra: valentía. No la valentía ruidosa de los grandes gestos, sino esa otra, más silenciosa, que Brené Brown describe como la disposición a mostrarse sin saber exactamente qué va a pasar. Si estás leyendo esto, probablemente ya diste ese paso, o estás muy cerca de darlo. Y tiene todo el sentido que quieras saber qué te espera.
Lo que describo aquí es cómo funciona el proceso inicial en mi consulta. No porque haya una fórmula rígida, sino porque creo que reducir la incertidumbre es parte del cuidado desde el primer momento.
Antes de la primera sesión: el intercambio inicial
Antes de la primera sesión hay un intercambio breve, por WhatsApp o correo, para coordinar. No es una entrevista ni un diagnóstico; es simplemente un primer contacto.
En ese espacio me cuentas qué te trae, qué estás buscando, qué has intentado antes si es el caso. Yo te cuento cómo trabajo, qué enfoque utilizo, cómo se estructura el proceso. También resolvemos lo práctico: frecuencia de las sesiones, honorarios, formas de pago, encuadre general.
Este intercambio existe porque la relación terapéutica importa tanto como el método. Antes de comprometerte con un proceso, vale la pena sentir si hay algo que resuena entre la forma en que yo trabajo y lo que tú necesitas. No siempre soy el terapeuta indicado para cada persona, y eso también vale decirlo desde el principio.
La primera sesión: explorar sin prisa
Cuando nos sentamos por primera vez en sesión, el objetivo no es resolver nada. Es empezar a conocer el terreno.
La conversación gira en torno a algunas preguntas centrales: ¿Qué está pasando en tu vida en relación con lo que te trajo aquí? ¿Cómo lo estás experimentando — en tu día a día, en tus relaciones, en tu cuerpo? ¿Qué retos reconoces? ¿Y en qué recursos, en qué fortalezas, has podido apoyarte hasta ahora?
Esta última pregunta no es retórica. En mi forma de trabajar —que integra herramientas con raíces en la Core Energética y la terapia corporal— partir de los recursos disponibles es tan importante como entender el problema. No llegamos a terapia rotos; llegamos con una historia que en algún momento tuvo sentido y que ahora quizás ya no nos alcanza.
También exploro, desde el principio, las emociones, ideas y sensaciones físicas que aparecen en torno al problema. Esto no es accesorio. El cuerpo registra lo que la mente todavía no puede articular. Peter Levine, con su trabajo en Experiencia Somática, y Pat Ogden, con la psicoterapia sensoriomotriz, han documentado extensamente cómo el sistema nervioso guarda patrones que ninguna conversación sola puede deshacer. Prestar atención a lo que ocurre en el cuerpo durante la primera sesión — una tensión en el pecho, la respiración que se detiene, los hombros que suben — forma parte de la escucha terapéutica desde el primer momento.
Si quieres saber más sobre cómo se integra el trabajo somático en el proceso, puedes leer sobre la Teoría Polivagal, que orienta buena parte de mi comprensión sobre el sistema nervioso y la regulación emocional.
Después de la primera sesión: el encuadre como acto terapéutico
Al final de la primera sesión — o en un intercambio breve después — definimos juntos la frecuencia de trabajo, los objetivos iniciales y el encuadre general del proceso.
El encuadre no es burocracia. Es el contenedor que hace posible el trabajo. Saber cuándo nos vemos, con qué regularidad, qué pasa si hay que cancelar, cuál es el espacio de este proceso en tu vida — todo eso crea una estructura que en sí misma tiene efecto terapéutico. El sistema nervioso necesita previsibilidad para poder relajarse y abrirse. Un encuadre claro es, desde el principio, una forma de regulación.
La frecuencia ideal varía según la persona y el momento. En general, empezamos con sesiones quincenales — es el ritmo que permite que el proceso tenga continuidad y profundidad. A partir de ahí, el encuadre puede ajustarse según cómo avance el trabajo.
Si tienes preguntas sobre qué pasa después de las primeras sesiones, puedes leer ¿Qué esperar de la terapia? o, si aún estás en el momento de decidir si este es el momento adecuado para ti, ¿Cuándo es buen momento para empezar? Y si lo que te preguntas es cuántas sesiones suele llevar un proceso, los datos de diez años de consulta lo contestan mejor que cualquier promesa.
Lo más importante que puedo decirte es esto: no necesitas llegar con todo claro. Llegar con la pregunta, con la incomodidad, con la duda — eso ya es suficiente para comenzar.
