Hay reacciones que no encajan con lo que crees saber de ti. Un portazo que te deja el corazón golpeando mucho después de que el ruido pasó; una conversación difícil que el cuerpo sigue peleando horas más tarde, cuando la mente ya decidió soltarla; un olor, un tono de voz, y de pronto estás en guardia sin saber por qué. Sabes de dónde viene —o eso crees—, y aun así el cuerpo responde como si la amenaza siguiera aquí. A eso, hoy, le llamamos trauma. Pero es una palabra que tardó más de un siglo en poder mirarse con claridad.
Cuando algo no tiene nombre, cuesta verlo
Me gusta empezar por aquí porque hay algo que me sigue pareciendo revelador: lo que no nombramos, nos cuesta trabajo verlo. El lingüista Guy Deutscher lo cuenta con un ejemplo que se ha vuelto célebre — en la Ilíada y la Odisea, Homero describe un mar «color de vino» y un cielo «de bronce», pero jamás dice que algo sea azul. Nada es azul en Homero. Durante mucho tiempo se pensó que los griegos veían distinto; hoy entendemos algo más interesante: no tenían aún una palabra estable para ese color, y sin la palabra, el azul quedaba como diluido en la experiencia. La percepción y el lenguaje se sostienen mutuamente. Con el trauma pasó algo parecido: existió mucho antes de que pudiéramos verlo, y no lo vimos del todo hasta que fuimos capaces de nombrarlo.
Bessel van der Kolk reconstruye esa historia en El cuerpo lleva la cuenta. Durante la primera mitad del siglo XX, la palabra trauma pertenecía casi por completo a la medicina física: traumatología, traumatismo — golpes, caídas, accidentes. En las dos guerras mundiales, lo más cerca que estuvimos de nombrar la herida psíquica fue el shell shock, un término que se refería solo a las detonaciones, como si el estallido de un obús hubiera sacado a la mente del cuerpo. De ahí viene la «mirada de las mil yardas»: esa mirada perdida que hoy reconocemos como un estado de disociación. La palabra trauma, en su sentido psicológico, apenas despega en los años setenta y ochenta.
El diagnóstico de estrés postraumático entró al manual diagnóstico en 1980, en buena medida por la presión de los veteranos de Vietnam, que necesitaban un nombre legítimo para lo que cargaban. Fue un avance enorme y, a la vez, tenía un límite: se enfocaba en un solo evento y ponía el acento en el recuerdo, más que en lo que seguía ocurriendo en el cuerpo y en el sistema nervioso de la persona. Van der Kolk y sus colegas propusieron después el concepto de trastorno por estrés extremo — lo que hoy llamamos trauma complejo — para nombrar las heridas sostenidas en el tiempo. Pero seguía faltando algo.
Del evento a la biografía
Ese algo empezó a aparecer en los años noventa, con el estudio de las Experiencias Adversas en la Infancia (ACE, por sus siglas en inglés), realizado por los Centros para el Control de Enfermedades (CDC) junto con Kaiser Permanente. Más de diecisiete mil personas respondieron un inventario que permitía puntuar cuánta adversidad habían vivido de niños. El hallazgo fue doble. Por un lado, qué tan extendido estaba el trauma infantil, incluso entre las clases más privilegiadas. Por otro —y aquí está el puente que a mí más me interesa, el que une salud mental y salud física—, encontraron una correlación directa entre esa puntuación y la prevalencia en la vida adulta de enfermedades autoinmunes, cáncer, adicciones y muertes prematuras.
Lo que ese estudio dejó ver es que la adversidad temprana no es un estrés adulto en versión pequeña. Un niño todavía se está formando: su capacidad de regularse, su resiliencia, funcionan de otra manera. Por eso un mismo evento puede descarrilar más fácilmente a un sistema que aún se está construyendo. A eso van der Kolk lo llamó trauma del desarrollo, y luchó durante años para que se incluyera en el DSM como diagnóstico propio — una propuesta que fue rechazada. Es alrededor de estos años que el trauma deja de ser solo una idea psicológica o solo una lesión física, y empieza a entenderse como ambas cosas a la vez. Ahí es donde despegan las aproximaciones que trabajan directamente con la fisiología. Entre ellas, la Experiencia Somática.
Peter Levine y la sabiduría del animal
Peter Levine consolidó buena parte de este trabajo empezando en los años sesenta y setenta, con un doctorado enfocado en la fisiología del estrés en los animales silvestres. En su consultorio atendió a Nancy, la paciente que protagoniza la historia de su libro Curar el trauma. En aquella sesión, Nancy compartió la imagen de estar siendo acechada por un tigre; Levine le dijo «corre», y las piernas de Nancy empezaron a moverse como si corriera, aunque estaba recostada en la camilla. Temblores, sudoración intensa durante casi una hora — y, cuando el episodio terminó, sus síntomas habían desaparecido. Esa escena lo dejó con una pregunta que marcaría su obra: ¿por qué una descarga física pudo resolver un estado fisiológico de pánico?
La respuesta la encontró observando animales. Un impala perseguido por un guepardo —como el de la imagen que abre este texto— activa una respuesta masiva: el sistema nervioso moviliza toda la energía disponible hacia las extremidades para huir o pelear. Dentro de ese mismo circuito está también la respuesta de congelamiento. Y si el animal sobrevive, hace algo que nosotros rara vez nos permitimos: descarga. Se sacude, tiembla, respira hondo de manera espontánea, se desplaza rápido — y con ello libera la energía residual que se movilizó para asegurar la supervivencia. Después, vuelve a pastar como si nada.
Levine planteó que los humanos tenemos las mismas estructuras subcorticales que ese impala — la misma maquinaria antigua de defensa — pero encima cargamos el neocórtex, el cerebro que juzga y anticipa. Y ese cerebro, por miedo o por condicionamiento social, suprime el temblor, interrumpe la sacudida, ordena «ya cálmate» antes de que la descarga se complete. La energía que se movilizó para salvarnos queda entonces atrapada en el sistema nervioso, lista para reactivarse ante cualquier señal que se parezca, aunque sea remotamente, a la amenaza original. Eso, en el plano somático, es el trauma: no tanto el evento que ocurrió, sino la respuesta que el cuerpo empezó y nunca pudo terminar. Hacia los años ochenta, Levine mostró que era posible tratar así los síntomas del estrés postraumático en veteranos —la hipervigilancia, los flashbacks, incluso movimientos convulsivos parecidos a los del síndrome de Tourette— entendiéndolos como impulsos de protección que quedaron incompletos en el sistema.
Peter Levine narra cómo nació la Experiencia Somática. (Fuente: YouTube, Somatic Experiencing International)
Un mapa amplio del trauma
Poco a poco, ese trabajo dejó de ser solo para veteranos de guerra, y las intervenciones se fueron afinando para acompañar otras formas de herida. Hoy componen los módulos de la formación en Experiencia Somática, organizados en una especie de taxonomía. Está el trauma relacional, que engloba la huella que dejan ciertas experiencias dentro de los vínculos — el abandono, la hiperexigencia. Están los accidentes y eventos de alta velocidad: choques, caídas. Está el trauma pre y perinatal, que abarca lo que ocurre desde la concepción hasta los primeros años, cuando todavía no hay lenguaje que pueda dar sentido a la experiencia — por eso se le llama preverbal. Y están las categorías más extensas: los desastres naturales, la guerra, el abuso, la tortura y el horror — entendido este último como verse forzado a atestiguar el abuso o la tortura de otro.
Estudiar ese mapa a lo largo de tres años es lo que nos permite acompañar una enorme variedad de eventos apoyándonos en conceptos extremadamente simples y elegantes que, a la vez, tienen una profundidad que no deja de sorprenderme.
Titulación y pendulación: el corazón del método
Conversando con mi maestra y amiga Alejandra Martí sobre qué distingue realmente a la Experiencia Somática de cualquier otra técnica, ella lo resume en una palabra: titulación. La propuesta de fondo es trabajar con la mayor cantidad de información que el sistema es capaz de tolerar sin desorganizarse — ni una gota más. Por eso dosificamos las historias, modulamos cuántas señales atendemos a la vez cuando alguien nos reporta lo que le duele, le enoja, le asusta o le incomoda. No se trata de acercarse de frente al núcleo del trauma, sino de tocar sus bordes.
Peter Levine explica la titulación. (Fuente: YouTube, Peter Levine, PhD)
De la mano de esa gestión cuidadosa de la información, Levine propone la pendulación, y con ella dos dinámicas hermanas en las que el trauma tiende a almacenarse. El subacoplamiento nos habla de información dispersa y desconectada — pérdida de memoria, huecos en la línea del tiempo, insensibilidad, disociación. El sobreacoplamiento es lo opuesto: una reacción en cadena casi inevitable, donde un recuerdo detona otro, y otro, y otro, como una masa hojaldrada de capas finísimas pegadas entre sí. Pendular es danzar entre dos fuerzas de alta gravedad: un vórtice que arrastra hacia el malestar y un contravórtice que sostiene hacia el bienestar. Nos acercamos al primero orbitando, nunca de frente, cada vez un poco más cerca — y regresamos. A eso le llamamos recursar: mantener en todo momento la conciencia de cuatro recursos básicos — seguridad, bienestar, estabilidad y arraigo en el cuerpo.
Peter Levine describe la pendulación. (Fuente: YouTube, Somatic Experiencing International)
Cómo el trauma se almacena en cadenas de sobreacoplamiento. (Fuente: YouTube, Somatic Experiencing International)
A esos cuatro recursos se suma la orientación: tener noción de dónde y cómo estamos en el espacio y el tiempo, usando los sentidos. Y todo ello se teje teniendo siempre en mente el flujo del sistema nervioso — la activación de sus distintas ramas, simpática y parasimpática, que traen consigo diferentes tipos de energía y de capacidad para relacionarnos con el entorno, como exploro en el texto sobre la Teoría Polivagal. Son conceptos sencillos, y sin embargo nunca terminan de revelar su hondura.
Cómo se ve esto en sesión
Hay un ejemplo casi protocolario. Cuando alguien llega a mi consultorio por primera vez, no entramos de inmediato a la entrevista verbal: empezamos con una entrevista corporal. Nos tomamos un tiempo para que la persona reconozca el espacio en el que está — que sea curiosa con sus sentidos, que note la intensidad de la luz, el estado del ambiente, que revise si el asiento que eligió se siente apropiado y lo confirme no con la cabeza, sino con lo que le van reportando sus sensaciones físicas.
Ese acto de consultar el cuerpo tiene un nombre. En inglés se le llama felt sense, y conviene ser precisos con su origen: no lo acuñó Peter Levine, aunque lo use constantemente, sino el filósofo y psicólogo Eugene Gendlin, colaborador de Carl Rogers. En español lo encontramos como sensación sentida, tal como se traduce en su libro Focusing: proceso y técnica del enfoque corporal. Es esa percepción corporal, todavía sin palabras, que sabe algo antes de que la mente lo formule. Mientras la persona se orienta en el espacio y, a través del reporte de su cuerpo, va confirmando una seguridad sentida, vamos verificando juntos que se siente a salvo, confiada, con piso suficiente para comenzar su proceso.
Peter Levine cuenta cómo Eugene Gendlin acuñó el término felt sense. (Fuente: YouTube)
A partir de ahí, cada paso que damos hacia los eventos difíciles, las reacciones incontrolables o las memorias imparables, lo damos midiendo cuánto podemos avanzar sin que la persona se abrume, sin que pierda el contacto con sus recursos y con su agencia. Y aquí entra un cuidado que para mí es innegociable: la atención a la retraumatización. Para Levine, cuando revivimos una historia — cuando la volvemos a relatar sin resguardo — el cuerpo la vuelve a vivir, porque lo que la mente ve, el cuerpo lo siente. Retraumatizar es volver a experimentar la impotencia, el abrumamiento, el congelamiento. Por eso, cuando trabajamos desde una mirada con conciencia del trauma, ayudamos a la persona a visitar esos lugares siempre de la mano de su propia conciencia — de saber que, si llegó a consulta, es porque logró sobrevivir.
Sostiene esto una actitud de la que hablo seguido: reconocer que el cuerpo, que la persona, hizo lo mejor que pudo — aunque ya no quiera seguir haciéndolo de la misma forma. El sistema siempre hace lo mejor que puede; tanto, que fue capaz de traer a alguien de vuelta a terapia. Y conforme fortalecemos, con conciencia, la sensación de agencia personal, van pudiendo emerger nuevas soluciones, caminos alternos, otras maneras de ser y estar. No hay nada que instalar desde afuera: el trabajo acompaña lo que el organismo ya quiere completar. No estás roto — estás interrumpido. Este mismo cuidado lo comparto con la Core Energética y, cuando la puerta de entrada es una parte interna que carga el miedo o la tensión, con los Sistemas Familiares Internos (IFS).
Mi camino en Experiencia Somática
Todo esto lo cuento también desde mi propia formación, como estudiante y hoy como asistente. Tuve la fortuna de que mi primer módulo — el de seguridad y recursos — lo impartiera Maggie Kline, amiga cercana de Levine y experta en ludoterapia infantil. Fue, literalmente, un módulo donde jugamos: así construimos un contenedor grupal seguro. Con Lael Keen, que impartió el segundo, cuarto y sexto módulos, aprendí titulación, subacoplamiento, pendulación y toque somático; ella es practicante de Rolfing, de modo que domina como pocas el trabajo manual, y de su mano el toque se volvió para mí un lenguaje propio.
Russell Jones, a quien en el sur conocemos como Jonas, nos enseñó sobre caídas, disociación, alta velocidad, titulación y sobreacoplamiento. Con él lo más valioso fue el trabajo con la respiración y su manera de demostrar la potencia de un acompañamiento que espera — que promueve el espacio para que emerjan las reacciones espontáneas. Ya como asistente, he podido apoyar la instrucción de Mariana Boccuzzi, psicóloga clínica, terapeuta familiar sistémica y maestra de Experiencia Somática, que trasladó el «menos es más» a sus clases y me permitió integrar la mirada sistémica con la somática. Mariana es una apasionada del apaciguamiento — esa reacción tan particular en la que las tres ramas del sistema nervioso están activas a la vez: una parte de la lucha y la huida se congela, mientras otra, hipervigilante y desde el sistema ventral, queda al servicio de leer las necesidades del agresor para evitar la agresión. Con ella he aprendido lo básico y también lo más complejo de la somática, y ha sido mi supervisora en terapia familiar sistémica por más de dos años.
Y con Ale Martí, gracias a su sabiduría, he podido trabajar aprovechando recursos del método Bates sobre toda la base que ofrece la Experiencia Somática.
La premisa que más me resuena de la Experiencia Somática sigue siendo la más sencilla: el cuerpo ya sabe cómo sanar. Con las condiciones adecuadas, el movimiento hacia la integridad ocurre de manera natural — no de golpe, sino de forma paulatina, genuina y verificable. Si quieres entender mejor el marco general en el que trabajo, puedes leer sobre qué esperar de la terapia o sobre cómo es la primera cita. Y si algo de lo que aquí describo te resonó en el cuerpo antes que en la cabeza, quizás sea una buena señal para preguntarte cuándo empezar.
Referencias
van der Kolk, B. (2020). El cuerpo lleva la cuenta: Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Eleftheria.
Levine, P. A. (1999). Curar el trauma (Waking the Tiger, 1997). Ediciones Urano.
Gendlin, E. T. (1983). Focusing: proceso y técnica del enfoque corporal. Ediciones Mensajero.
Felitti, V. J., Anda, R. F., Nordenberg, D. et al. (1998). Relationship of Childhood Abuse and Household Dysfunction to Many of the Leading Causes of Death in Adults: The Adverse Childhood Experiences (ACE) Study. American Journal of Preventive Medicine, 14(4), 245–258.
Deutscher, G. (2011). El prisma del lenguaje: cómo las palabras colorean el mundo. Ariel.
