Hay preguntas que la mente no puede responder sola. ¿Por qué me cierro cada vez que alguien se acerca demasiado? ¿Por qué me cuesta respirar profundo cuando hay conflicto? ¿Por qué, a pesar de entender perfectamente lo que me pasa, sigo repitiendo los mismos patrones? La respuesta, con frecuencia, no está solo en el pensamiento — está en el cuerpo. Y para esto, la Core Energética propone un camino de exploración.
De Reich a Pierrakos: el cuerpo como archivo emocional
La Core Energética tiene una genealogía clara. Wilhelm Reich, psicoanalista y discípulo de Freud, fue el primero en plantear que las defensas psicológicas no son solo mentales: se instalan en el tejido muscular, en la respiración restringida, en la postura. Habló de la coraza muscular y de una coraza caracterológica — una armadura que el cuerpo construye para protegernos de lo que fue demasiado para sentir, y que termina expresando la totalidad de nuestra historia.
Años después, Alexander Lowen tomó ese legado y desarrolló la Bioenergética, una forma de trabajo terapéutico que integraba el movimiento, la voz y el arraigo — la conexión del cuerpo con la tierra, con la realidad — como herramientas centrales del proceso. Pero fue John Pierrakos, cofundador junto con Lowen y figura fundamental de esta tradición, quien dio el paso siguiente: integrar esa visión del cuerpo energético con una comprensión espiritual de la persona. Influido por las enseñanzas del Pathwork — un camino de desarrollo interior nacido de las canalizaciones de Eva Pierrakos — entendió que sanar no significaba solo estar mejor psicológicamente. Significaba reconectar con el Core: la energía/conciencia creativa de la vida manifestándose en cada persona, esa dimensión del ser que permanece intacta debajo de todas las heridas. Pierrakos lo dijo sin metáforas: «El viaje del alma en la tierra es una aventura y toma muchas vidas».
El proceso que propone la Core Energética tiene cuatro etapas: tomar conciencia y atravesar la Máscara — las fachadas con las que nos presentamos al mundo —; purificar el Ser Inferior — la parte de nosotros que dice "no" a la vida y crea desde la intención de separación, de división, de ruptura —; arraigar el Ser Superior — la parte que dice "sí", que elige la conexión con la humanidad y con la vida, aceptando la imperfección y soltando la exigencia y el deber ser —; y, finalmente, develar el Plan Universal de la Vida: construir una visión sobre nuestro propósito trascendental en esta tierra a partir de nuestras cualidades y nuestros recursos. Un puente, en suma, entre el cuerpo, la psique y la dimensión espiritual de la experiencia humana. El nombre mismo del Pathwork lo anuncia: el camino es el trabajo, y el trabajo es el camino.
Un linaje vivo
La Core Energética no se aprende en los libros. Se transmite con la corporalidad, en relación y en resonancia, en comunidad — y, desde la propuesta de Córpore, con empatía, congruencia y consideración positiva incondicional. Del Institute of Core Energetics de Nueva York — la sede principal, donde todo se originó, fundada por Pierrakos — esta tradición se ha extendido por el mundo a través de quienes estudiaron directamente con él o con su primera generación. Anna Timmermans, formada por el propio Pierrakos, fundó el Netherlands Institute of Core Energetics (NICE); su libro Beyond Defence, escrito en inglés, es una referencia sobre las técnicas modernas del trabajo con el carácter. Erena Bramos fundó el Institute of Core Energetics de Grecia. Kate Holt fue la primera mujer en dirigir el instituto de Nueva York, y sigue enseñando internacionalmente.
Y en México, Jorge Galindo — quien también se formó con Pierrakos, a quien llama su maestro — fundó y dirige el Instituto Córpore, cuya formación está certificada por el instituto de Nueva York. Su libro, Viaje al centro del cuerpo y la mente: psicoterapia corporal y sistemas de carácter, sistematiza los cinco sistemas caracterológicos de adaptación — y ya en el término hay una postura: donde la tradición decía defensa, Jorge propone adaptación, porque cada carácter fue, antes que un problema, la mejor solución que encontramos para sobrevivir. Lo sé de cerca: tuve el privilegio de editar ese libro, y hemos vuelto a imprimirlo ya tres veces.
Me gusta contar esta historia, y también hablar de sus protagonistas: de cómo este trabajo se ha difundido por el mundo gracias a distintas voces. Y la cuento, además, porque tuve el honor y la suerte de poder aprender de ellos.
Mi camino por Córpore
Llegué a la terapia corporal en 2012, en grupos de crecimiento con enfoque psicocorporal. Ahí me enamoré de algo que todavía me sostiene como terapeuta: la posibilidad de ser testigo de la transformación de otro. Veía a una persona pasar de la emoción a la vulnerabilidad, y de la vulnerabilidad a algo nuevo, y me preguntaba una y otra vez: ¿cómo se hace eso? ¿Cómo se acompaña a alguien a atravesar lo que el cuerpo lleva guardado?
Esa pregunta me llevó, en 2015, al Instituto Córpore. Módulo a módulo, cada maestra y cada maestro me marcó de maneras que sigo descubriendo. Con Jorge Galindo comenzó el viaje: energía y conciencia. Con Graciela Contreras trabajé los caracteres esquizoide y oral, y más adelante, con sus enseñanzas de vegetoterapia y desbloqueo reichiano, volví a acercarme a Reich y trabajé por primera vez con el sistema nervioso. Con Lety Zonana estudié la psicopatía y, después, la ética. Con Rogerio Canto — mi terapeuta por dos años y amigo querido, a quien perdimos durante la pandemia — trabajé los caracteres masoquista y rígido, y aprendí algo que pocos saben enseñar: la firmeza puesta al servicio del crecimiento, con deseo de cuidar y sin deseo de lastimar. Con Adriana Hoyos y el propio Roge conocí la respiración holotrópica, mi puerta de entrada a lo transpersonal. Con Anna Timmermans, el trabajo con rodete y las caracterologías. Con Loly Sierra, fundadora de Kumaris, la energía sutil — me permití ver con los ojos cerrados, ver con el corazón. Con Erena Bramos trabajé el Ser Inferior y aprendí el desapego y el no-drama como postura terapéutica; su frase "somos una energía" me acompaña hasta hoy, igual que el proceso que hice con ella: darle voz a mis demonios internos hasta poder hacerme cargo de mis partes más frágiles. Y con Lisa Loustanau trabajé el Ser Superior — fue la primera maestra a la que vi pedir disculpas frente al grupo por un comentario sarcástico; esa lección de humildad valió tanto como cualquier técnica. En el posgrado seguí aprendiendo: sexualidad con Lisa, trabajo con grupos con Erena, y trabajo con síntomas con Ken Goldberg.
Y luego está Jorge. Lo conocí antes de ser su alumno, marchando por Ayotzinapa, gritando "¿dónde están?" entre miles de voces — y me marcó ver que una autoridad terapéutica también marchaba, también preguntaba, también se implicaba. Con su compañía he resignificado mi relación con las figuras masculinas amorosas — algo nada menor en un campo donde los espacios terapéuticos suelen estar sostenidos casi enteramente por mujeres. De él aprendí de energía y conciencia, de la Máscara y el Ser Inferior, del trabajo con imágenes, de la transferencia y de las herramientas de facilitación desde el enfoque centrado en la persona — y de una manera de liderar donde todas mis preguntas han sido escuchadas y han tenido tiempo de reposar antes de recibir respuesta. Fui su asistente, luego su sombra como maestro junior, y hoy tengo la dicha de ser maestro titular en Córpore: de compartir la luz que él — que todos ellos — sembraron en mí.
Un proceso de purificación del alma
Si tuviera que decir qué es el proceso de Core para mí, usaría las palabras que vas a encontrar en el libro de Jorge: es un proceso de purificación del alma. No es el único que existe, ni fue el último que hice. Pero sí es el más profundo que he realizado en grupo — y eso no es un detalle. Ese viaje a mis interiores no habría sido posible sin mi generación, porque es en nuestras relaciones donde nos transformamos: siendo y acompañándonos como grupo, mostrándonos para transmutarnos en el grupo.
Ese proceso me ayudó a hacer las paces con algunos de mis demonios y a reconocer lo lejos que puedo llegar en el hacer daño. Ya no me sorprende cuando alguien me hace saber que algo que dije o hice le dolió — no porque no me importe, sino porque reconozco que soy capaz de dañar, y ese reconocimiento es justamente lo que me permite ser cada vez más cuidadoso. La Core Energética no te vuelve inofensivo: te vuelve responsable, y te invita continuamente a mirar la vida como un proceso de co-construcción, en donde tienes una buena parte de capacidad para construir tu propia realidad.
También me permitió construir una relación con la espiritualidad desde la experiencia, no desde el dogma. Puedo confiar en la vida y sentirme sostenido por ella. Puedo atreverme a pensar que somos más que un cuerpo, una mente y una energía cuantificable en watts. Y sentirme apoyado por la vida me ha enseñado a permitir más y a forzar menos — a sostener la expresión de otros, a sostenerme a mí, y a ofrecer sostén siendo terapeuta.
Lo que el cuerpo no olvida
En mi consulta trabajo con esto todos los días. Un pecho hundido puede hablar de una tristeza que nunca se lloró — quizás porque no había espacio, quizás porque nadie podía contenerla y sostenerla en ese momento. Una mandíbula permanentemente apretada puede ser la huella de una rabia que encontró la puerta cerrada demasiadas veces. Una espalda que se encorva bajo un peso invisible puede ser el registro físico de haber asumido, desde muy temprano, una responsabilidad que no era tuya.
El cuerpo, en su postura, su movilidad y su vitalidad, siempre habla de nuestra historia emocional y psíquica.
De mis maestros aprendí que acercarse al cuerpo en terapia no es una técnica: es un acto de escucha activa y paciente — más bien, un diálogo. El trabajo incluye movimiento, voz, respiración, arraigo y, sobre todo, presencia — la disposición a acompañar lo que emerge cuando la energía empieza a moverse donde estaba bloqueada. No se trata de forzar nada, sino de crear las condiciones para que el sistema nervioso y el cuerpo recuerden que hay otra posibilidad. Que puede empezar a ser de otra manera.
Este proceso tiene conexión natural con otras aproximaciones que uso en consulta. La Experiencia Somática trabaja con ciclos de activación incompletos que también se alojan en el tejido. La Teoría Polivagal ofrece un modelo clínico muy útil de cómo el sistema nervioso regula — o pierde la regulación — en respuesta al entorno. La terapia corporal como campo amplio comparte con la Core Energética la convicción de que el cuerpo es siempre un punto de entrada válido, a veces el más honesto. Y el IFS (Internal Family Systems) mira la personalidad como una serie de partes, reconociendo al ser observador — la energía del Ser Superior — como un elemento del self consciente.
La pregunta más profunda
Hay personas que llegan a terapia buscando alivio — y eso es completamente legítimo. Pero hay otras que llegan con una pregunta diferente, más amplia: ¿quién soy más allá de mis heridas? ¿Qué queda cuando dejo de cargar lo que no era mío? En Core esa pregunta tiene una formulación a la que recurro porque me permite conmoverme y, sobre todo, porque facilita la expresión de los anhelos del alma: ¿cuál es el anhelo profundo de tu corazón?
Pierrakos entendía que el trabajo terapéutico, en su nivel más profundo, podía llevarnos a contactar una dimensión más amplia de la existencia. No a través de la religión, sino desde la apertura de corazón que ocurre cuando las corazas — musculares y de personalidad — se suavizan y abren paso a la esencia del espíritu. En la tradición del Pathwork esto se nombra como el Ser Superior: esa parte de nosotros que está alineada a nuestro sentido evolutivo y trascendental, conectada a la vida, y que siempre estuvo ahí.
En mi proceso terapéutico no impongo esta mirada. Trabajo siempre aliándome con el deseo de ir a la vida de cada persona, pero no la hago explícita — ni tácita — para quienes no están interesados en mirarse a través de este lente. Mis referencias suelen ser básicas: el cuerpo, sus sensaciones, los instintos de supervivencia y autoprotección y, más importante, lo que a cada quien le importa y los símbolos que le resultan significativos.
Lo que he encontrado, una y otra vez, es esto: cada tensión crónica es también una forma de amor propio mal dirigido. El cuerpo hizo lo mejor que pudo con lo que tenía. La coraza que construiste te protegió — fue tu mejor adaptación. El trabajo no es destruirla: es gentilmente preguntarle si todavía es necesaria. Algo que, por cierto, también hacemos en IFS.
Sanar, desde esta perspectiva, no es reparar algo roto. Es una mirada que compartimos con la Experiencia Somática: no culpabilizante, no retraumatizante, no revictimizante — con un ojo en los recursos y capacidades que ya existen, y con el otro en tenderle una mano compasiva a nuestros procesos incompletos, nuestras tareas pendientes, nuestras capacidades por desarrollar y nuestras realidades por integrar. Es recuperar la vitalidad que fue interrumpida. Es volver a habitarte.
Si te interesa un proceso de transformación en comunidad, integrando cuerpo, mente, corazón y espíritu, te recomiendo visitar la página de Córpore y conocer su entrenamiento en psicoterapia corporal. Y si quieres explorar cómo este trabajo podría ser parte de tu proceso individual, puedes revisar ¿qué esperar de la terapia? o escribirme directamente para una primera conversación.
