Grupo de Actualización en Terapia Corporal

Memoria · Sesión 1 de 9 · Introducción

El quehacer terapéutico

Qué hace terapia a la terapia, de qué sí nos hacemos cargo y por qué este oficio necesita alianzas más que heroínas.

Sábado 3 de octubre de 2026Con Patricio Ruiz

De qué hablamos

Abrimos el ciclo con una pregunta que parece obvia y no lo es: ¿qué hace terapia a la terapia? La mañana tuvo dos tiempos. Primero conversamos a partir de la lectura de entrada; después observamos juntas una primera sesión en vivo y la comentamos. Antes de todo eso hicimos los acuerdos del espacio —confidencialidad, respeto y responsabilidad—, que son también el tema de fondo de todo el ciclo.

Lo terapéutico no siempre es terapia

Un abrazo puede ser muy terapéutico sin que nadie esté haciendo terapia. Y una interpretación lanzada donde nadie la pidió, sin acuerdo de por medio, puede causar un agravio aunque sea atinada. La diferencia que propusimos es la responsabilidad: hay terapia cuando alguien asume un rol y se hace responsable de lo que pasa en ese espacio, dentro de un proceso relacional con papeles claros.

Por eso importan los contratos, los acuerdos y el consentimiento. En la escuela de Experiencia Somática, por ejemplo, las sesiones didácticas siempre se cobran: el pago deja claro que una parte ofrece un servicio y la otra lo recibe. Cuando hay acuerdo, se vuelve más fácil saber qué le toca a quién.

Más poder, más responsabilidad, pero no toda

Quien acompaña tiene más poder: el del conocimiento y el del lugar que ocupa. Quien consulta se expone más y asume más riesgo. De ahí que nuestra parte de la responsabilidad sea mayor, aunque no sea total. No nos hacemos cargo de todo lo que la persona trae consigo al cruzar la puerta.

¿De qué sí? De que nuestras intervenciones sean adecuadas al proceso: en intensidad, en frecuencia, en cantidad y en momento. Lo llamamos estar a cargo del termómetro. No sabemos qué va a pasar con lo que proponemos, así que vamos de menos a más, y no abrimos a profundidad lo que puede sacudir de más a alguien mientras la relación de confianza no esté construida. Cuidar el termómetro no es mantener cómoda a la persona: es que el reto que le ponemos vaya a la medida de la relación y de su momento.

La alianza se hace preguntando

Cuando alguien llega y pregunta «¿qué hago?», es fácil congelarse, como si tuviéramos que traer la respuesta. La salida es devolver la pregunta: ¿qué te trajo aquí?, ¿qué quieres que revisemos hoy?, ¿en qué quieres que nos enfoquemos? Javier Vicencio propone otra más: «¿Qué tendría que pasar hoy para que esta sesión fuera útil para ti?».

Parecen muletillas y son el cimiento: un acuerdo inicial que se renueva en cada sesión. Esto aclara el segundo nivel de la lectura. La alianza no es un pacto para cambiar el sentido de una vida; es puntual, con lo que la persona busca hoy, y puede ser pequeña. Nos ayudó una distinción: una cosa es lo que creemos que tiene que pasar en una sesión y otra lo que quiere o necesita suceder.

La mayoría no viene a buscar su sombra

Quienes nos formamos elegimos un camino largo de introspección. La mayoría de quienes llegan a consulta, no: se les rompió algo —una relación, un trabajo, la calma— y quieren recuperar la seguridad y el orden que tenían hace unos días o unos meses. Las primeras sesiones son de contención, arraigo y presencia. Lo demás se ofrece sólo si la persona lo pide; de otro modo es como ir al médico por una molestia y salir con una nariz nueva.

Esto cambia cómo medimos el éxito. No por las altas ni por los grandes saltos, sino por el acumulado de pequeños cambios que empiezan desde la primera sesión. En los números de diez años de consulta se ve lo mismo: los procesos largos son los menos.

Proponer en vez de ordenar

La sesión en vivo fue, de principio a fin, arraigo suave: nada que quien se formó en terapia corporal no sepa hacer. Lo que miramos fue la manera. Casi no hubo instrucciones; hubo invitaciones, opciones y preguntas, incluida siempre la opción de no hacerlo. Ofrecer opciones nos saca del lugar de operadoras del cuerpo y de las emociones de otra persona y nos vuelve facilitadoras. Y alivia: dejamos de ser quienes tienen que hacer que las cosas pasen.

También hubo psicoeducación: explicar cómo trabajamos, qué puede pasar y qué puede hacer la persona si algo es demasiado. La información orienta, y la orientación construye seguridad. El misterio y la sorpresa, en cambio, traen miedo. El consentimiento no se da una vez al inicio: se va haciendo durante toda la sesión.

Desde la abundancia

La persona llegó sola a consulta. Tuvo los recursos para llegar y los tendrá para los otros seis días y pico de la semana. Pensar desde ahí, y no desde la carencia, cambia lo que hacemos con las «tareas»: en una hora sembramos una pregunta o una manera distinta de mirar, y confiamos en que ella la riega con lo que ya tiene. Por eso conviene esperar a ver qué propone su cuerpo antes de proponer nosotras, y volver después a esos gestos propios para mostrarle sus recursos.

Sentir de más

Hablamos de la resonancia, que en lenguaje psicoanalítico sería trabajar con la contratransferencia. Russell Jones lo enseña así: mira lo que sientes y, con base en eso, considera tus intervenciones. Para que funcione hay que mantenerse en una misma: no sentir más de la otra persona que de mí. La presencia también es hacia adentro.

De ahí salió una herramienta práctica: trabajar con poca información. No necesitamos toda la historia para acompañar. Podemos acordarlo desde el principio, escuchar un tramo, interrumpir para resumir o proponer un experimento, y seguir. Así cuidamos no perdernos en el relato —el secuestro narrativo del que habla la lectura— y cuidamos nuestra energía. Esa capacidad crece con la práctica, respetando el propio límite.

No tienen que caernos bien

Revisamos también la consideración positiva incondicional de Carl Rogers, sin idealizarla. No estamos obligadas a que cada consultante nos caiga bien. Lo que nos incomoda de alguien puede ponerse al servicio del proceso: ¿qué me pasa con esta persona?, ¿qué hace ella así en su vida? Es una relación de trabajo: ni ellas están para llenar nuestros vacíos ni nosotras para ser sus amigas, sus madres o sus hermanas.

La terapia ya no necesita héroes ni heroínas. Necesita alianzas.

Con esa idea cerramos. Pasó la época de escribir el guion de lo que tiene que ocurrir en terapia. Si dejamos de ser quienes sacan a la gente del hoyo, ellas pueden ser las protagonistas de su historia, y a nosotras nos queda un oficio más llevadero: ser aliadas, no salvadoras.

Esta memoria recoge las ideas de la sesión, no sus historias: lo que comparten las participantes se queda en el grupo.

Resumen en audio

Para repasar con calma

Un repaso de la sesión en voz de Patricio, para escuchar de camino o volver a él antes del siguiente encuentro.

Resumen de la sesión 1: el quehacer terapéutico

Patricio Ruiz · 21 min · audio

Leer la transcripción del audio

Transcripción del audio, editada sólo para quitar muletillas y titubeos.

Introducción: La premisa de la primera sesión

La mayoría de las personas que buscan terapia no están intentando encontrar su sombra ni alcanzar una evolución trascendental de manera introspectiva. Simplemente quieren recuperar su sentido de seguridad, de organización, de claridad, cosas que perdieron hace unos días o hace unos meses por una experiencia dramática, caótica, una crisis. Esta fue la premisa de la primera sesión que llevamos a cabo el sábado pasado.

Desmitificando al terapeuta omnipotente

Y hoy quiero desglosar qué significa el quehacer terapéutico en la práctica cotidiana, desmitificando un poco la figura del terapeuta omnipotente. Esta postura quizás choca con la imagen casi mitológica que tenemos de los grandes maestros de la terapia, que casi, casi con una mirada y una respiración en silencio nos transforman. Lo que procuré plantearles la sesión pasada fue que no pretendamos ser ese tipo de terapeutas, sino que intentemos ser facilitadoras de un proceso relacional, interactivo, basado en la corresponsabilidad.

Esa responsabilidad no es 50 y 50, por supuesto. El terapeuta o la terapeuta asumen una carga mayor porque tenemos un título, tenemos un cargo, ofrecemos el servicio. Básicamente asumimos esa posición y tenemos un conocimiento que nos lo permite. Tenemos un reconocimiento, quizás institucional, que nos valida. Y pues el consultante, el paciente, quien nos visita, quien nos consulta, viene en una situación de vulnerabilidad y asume el riesgo de estar en esta situación vulnerable, quizás con menos poder. No quizás, con menos poder.

Esa asimetría de poder podría sonar peligrosa si no se maneja bien. Y pues claro, yo soy quien tiene el conocimiento, podría caer en la tentación de pensar que voy a decirle algo que le cambie su vida o que se la arruine. Es como una ambivalencia bastante grande y común en los primeros momentos de formarse como terapeuta.

La colaboración terapéutica

Inclusive una de nuestras colegas comentó en la sesión que cuando un consultante le pide un tip, le pregunta qué hacer, ella se bloqueaba, ella se congelaba. Y mi respuesta fue que no somos operadores de un cuerpo ni de emociones ajenas. En ese sentido, podemos asumir una posición más de colaboración, ¿no? Entonces, cuando alguien nos llega y nos pregunta «¿qué hago?», pues podemos responderle con una pregunta: «¿Qué quieres que suceda? ¿Qué sería importante para ti para que vayas hacia donde quieres ir?»

Y bueno, eso va dando pie a lo que es la base de una sesión terapéutica, que quizás queda medio descuidada en general en la teoría, pero lo que hacemos en los modelajes y lo que yo hago en mi consulta es preguntar: «¿Qué quieres que veamos hoy? ¿En qué quieres que nos enfoquemos?» O: «Con base en lo que hemos ido trabajando, me quedé pensando en que podríamos profundizar un poco más». Si no tienen una respuesta a las otras preguntas, o si en la sesión anterior quedamos en revisar algo para esta sesión, pues recordarlo y acordar si es por ahí por donde la persona que consulta quiere caminar el día de hoy.

En todo momento, desde que la persona llega, vamos de la mano de la idea de que la persona tiene todo lo necesario para haber llegado enfrente de nosotros y plantearnos sus problemas. Eso implica que puede sobrevivir, ¿no? Que ha podido sobrevivir hasta aquí y que no requiere de mucho de nuestra parte, excepto algo quizás más fino y preciso. Quizás es una presencia distinta o diferente a las que tiene allá afuera. Y eso es a lo que nos acercamos en esta primera sesión a partir de estas preguntas: ¿en qué quieres que nos enfoquemos? ¿Qué es importante para ti? ¿Qué tiene que pasar? Lo que llaman muchas veces el motivo de consulta, que puede ser el motivo de la consulta inicial o que puede ser un motivo de consulta de ese momento.

Entonces, estas pequeñas preguntas parecieran muletas, ¿no? Pero en realidad son un fundamento para hacer un acuerdo básico, un acuerdo inicial, pero también un acuerdo recurrente en cada sesión. ¿A dónde vamos? Como decía hace un minuto, no queremos ser operadoras ni operadores. En lugar de dar órdenes directas, ofrecemos y proponemos caminos, alternativas, opciones y experimentos.

La sesión en vivo

Y para eso fue muy interesante la sesión en vivo que realizamos. Llegó conmigo una mujer pidiendo apoyo para su ansiedad como consecuencia de consumo de psilocibina. Lo que vimos en la sesión fue una gran batería de preguntas y experimentos enfocados a qué es lo que quiere suceder, qué es lo que quiere y necesita hacer su cuerpo. Una parte, por supuesto, sugerida, propuesta desde mis observaciones, desde lo que yo veía de su cuerpo. Y otra parte también, eso fue lo interesante, pudimos ver que surgiera a raíz de su propia voluntad, de manera espontánea.

Lo subrayamos al final de la sesión, ¿no? Que yo no le dije: «Oye, pues quítate los zapatos». En un primer momento le pregunté: «¿Qué necesitas hacer para estar más cómoda?» Y me dijo: «Pues ya me quité las sandalias». Entonces, una y otra vez ella fue trayendo su propia manera de hacer las cosas con base en mis preguntas y mis exploraciones. Y creo que ese es el modo de hacer terapia que me parece que puede ayudar mucho a la ansiedad, al miedo y al sentido de la hiperresponsabilidad: la idea de la terapia como colaboración.

Es una cosa que se construye, es una cosa que no sucede de manera automática, pero es una posibilidad con base en las posturas rogerianas de las que también hablamos, del aprecio positivo incondicional, la empatía. Hablamos también de la resonancia como una herramienta para intervenir. Todas estas aproximaciones, todas estas posturas y actitudes nos van ayudando a sintonizarnos, a construir la confianza y, en consecuencia, a construir una relación que permita avanzar sobre el material emocional o psicosomático que la persona quiere trabajar.

El éxito de los procesos terapéuticos

Les comenté también que hablábamos del éxito de los procesos y de cuántas personas llegan a terapia buscando estos cambios trascendentales, lo que yo llamo hacer un camino de vida. Y mi respuesta es: pocas. En realidad, de todas las personas que llegan conmigo al año, como unas cuatro u ocho personas están conmigo un año más, más las que ya vienen. Tengo, digamos, un grupo pequeño de personas que eligen hacer un camino de introspección muy profundo, de irse conociendo, de ir viendo más a profundidad de qué se compone su carácter y hacia dónde tiende en términos de ser inferior, de sombra, de ser superior, su conexión con la divinidad, su capacidad de canalizar la energía creativa hacia la vida. Estos son temas a los que un consultante de primera vez normalmente no va a orientarse.

Entonces, yo les ofrecí el número: de cada 15 personas, una se queda por un tiempo más largo de 12 o 16 sesiones. La mayoría vienen con problemas sencillos o puntuales y están bien con solamente resolver eso. Quizás haya otros terapeutas que no acepten procesos cortos, pero por la naturaleza de mis formaciones, muchas veces las solicitudes son muy puntuales. En términos de la terapia familiar, por ejemplo, lo que las familias quieren es que la persona adolescente deje de causar problemas o de tener conductas problemáticas. Y bueno, eso nos lleva también a revisar qué están haciendo los padres para que su hijo o su hija estén comportándose de esa manera o tomando esas actitudes. Esos son temas que normalmente nos llevan 10 sesiones, 16 a lo mucho. Los procesos de familia no suelen ser tan largos.

En procesos de pareja, pues igual: cuando son temas de infidelidad, lo normal es que el proceso no sea muy largo, entre seis y 12 sesiones. Y en procesos individuales, lo que hay más son temas de ansiedad, de depresión, de crisis desencadenadas por la pérdida del trabajo, por la pérdida de un familiar. Esas pérdidas, los duelos, las rupturas, quizás son las que nos llevan procesos más largos, más profundos de transformación. Sin embargo, tampoco es como que cualquier persona esté pensando en ir a terapia para enfrentarse a lo más profundo y realizar una reestructuración desde los huesos de su personalidad.

No digo que no suceda, pero sin duda no es lo común. Quizás consultantes más experimentados, o sea, que ya llevan dos, tres procesos, pero esas personas ya saben entrar en el modo de colaboración o les es más familiar, quizás. Y con ellas se pueden ir haciendo acuerdos sobre misiones o sobre objetivos más complejos para revisar y para profundizar en la terapia. Entonces, volviendo a la responsabilidad de quien facilita.

El termómetro de la sesión

Ayer en la sesión comentábamos cuánto y cuándo hacer, pensando también en tener un ojo en el termómetro de la sesión. Cuánto cabe, cuánto podemos intervenir y con qué profundidad, y eso equivale a qué riesgo vamos a asumir en la sesión. Definitivamente, si asumimos riesgos, le ponemos retos a la relación. Conforme va siendo más sólida, vamos pudiendo traer confrontaciones que traerán un mayor nivel de tensión, de estrés, de activación. Y nuestra responsabilidad no es mantener a la persona cómoda, no incomodar. Nuestra responsabilidad es que lo que hagamos para perturbar, para desestabilizar, para retar o para confrontar a la persona vaya en la medida de la relación de ayuda y del momento de la persona.

A eso me refiero con estar midiendo el termómetro, calibrando la intensidad, la frecuencia, el momento, el tamaño de las intervenciones. Y volviendo a la sesión que tuvimos, una primera sesión básicamente de estabilización, como parte de lo que podría llegar a ser un proceso de integración psicodélica, podríamos decir: «Bueno, este es un momento de tomar decisiones ejecutivas y de contener, contener, contener, arraigar, arraigar, arraigar, en la medida en la que yo lo considero». Y ahí me pierdo de la posibilidad de ir haciendo acuerdos y de ir construyendo una sesión con base en las preferencias y las posibilidades de la persona que me consulta. Entonces, procuré que la sesión tuviera, de manera visible y explícita, estos momentos de hacer acuerdos, ¿mm?

Psicoeducación y consentimiento informado

Estos momentos de lo que hablábamos ayer de psicoeducación, en donde, por un lado, la persona no sabe a qué viene. Me tomo unos minutos para explicarle cómo funciona lo que yo hago, hasta dónde creo que le puedo ayudar y qué es lo que le puedo ofrecer. Y, por otro lado, al final de la sesión, una vez más ella me pregunta qué hacer, cómo sigue, y yo le propongo que, desde lo que yo ofrezco, no hay mucho más que hacer, más que seguir cuidando sus límites y seguir aceptando sus limitaciones de este momento, en términos de que se puede saturar, abrumar, y que es un proceso que va a tomar tiempo.

Digamos que la psicoeducación no es lo único de la terapia, pero sí es una base importante. Me parece inclusive una cuestión de respeto no someter a nuestras consultantes a procesos donde no saben qué va a pasar. Este tema del misterio y de la sorpresa lo que trae es miedo e inseguridad, ¿no? Y quizás en los procesos formativos, con las dinámicas de sensibilización, de profundización, muchas veces no nos quieren decir qué sucede, o en los actings, bueno, en las representaciones, hay una serie de pasos que pensamos que podrían perder potencia si la persona sabe qué va a pasar, qué me van a decir, qué me van a hacer en el siguiente momento.

Pero quizás eso es desconfiar un poco de la capacidad de la mente de profundizar dentro de la certeza. Quizás en algún caso donde estuviéramos jugando con la incertidumbre, podríamos traer eso y hacer el acuerdo de que eso es lo que vamos a profundizar y explorar. Pero en general, dentro de una consulta no es tan necesario llevar a la persona a estas experiencias donde no sabe qué va a suceder. La tenemos en ascuas, ¿no? A la expectativa. Hace un cambio muy grande en la relación, especialmente, pero también en el proceso, decir: «Esto es lo que vamos a hacer, esto es lo que puede pasar, así es como te puedes sentir. No lo tengo por cierto, no te puedo garantizar qué es lo que va a suceder al 100 %, pero esto es lo que yo voy a procurar hacer, y podemos hacer acuerdos: que tú me digas qué quieres que yo haga si esto es demasiado fuerte, que levantes una mano o que me puedes decir “para”».

Todas estas herramientas del consentimiento informado no son nada más decirte «voy a tocar» al principio de la sesión o al principio del proceso. Y como lo acordamos en la sesión uno, es lo único que vamos a hacer en términos de consentimiento. No le quita, no le resta potencia. Y eso lo vamos a seguir viendo en las intervenciones y en la siguiente sesión, el tema del consentimiento.

Sentir de más y resonancia

También pasamos por un tema que me parece interesante, que es el sentir de más. Una de nuestras colegas compartió que de repente ella siente de más en la sesión, como que tiene demasiada vivencia de la persona. Y lo que yo propuse el día de ayer fue trabajar en un porcentaje quizás exagerado: trabajar con un 10 % de la información de la otra persona y manteniendo un 90 % de contacto conmigo. Quizás ese sería un buen umbral para trabajar en un caso de abrumamiento extremo, pero podríamos pensar que, desde el arraigo, lo que queremos es no sentir más de la otra persona que lo que siento de mí, no olvidarme de mí en la relación con otra persona, que puede ser en la vida cotidiana, pero también puede ser en la facilitación terapéutica.

Entonces, ¿qué nos implica esto? Pasamos por la resonancia, ¿no? Nos implica la posibilidad, por un lado, de trabajar desde ahí, como diríamos en términos psicoanalíticos, trabajando con la contratransferencia. Lo que a mí me sucede cuando estoy en contacto con tu historia, con lo que tú me compartes, mi reacción, digamos, está alimentada por mi contratransferencia. Y desde una postura menos analítica, estaríamos hablando de la resonancia: cómo yo resueno con lo que tú me estás trayendo, con todo lo que tú traes a consulta, con todo lo que tú eres, con toda tu historia. Qué son las cosas que me están sucediendo a mí y cómo estoy tratando de mantener un equilibrio entre mi contacto conmigo y mi contacto contigo, estoy ofreciendo posibilidades de intervención desde eso que a mí me está pasando, desde mi resonancia.

Y para eso tengo que mantenerme más en mí, me tengo que cuidar en términos de cuánta narrativa voy a escuchar de ti, de cuánta información. Y en esa misma línea también voy a hacer acuerdos contigo, o con mi consultante, desde el primer momento de la sesión. Le voy a explicar que, para ayudarle, para acompañarle, no necesito toda la información; que de hecho, si yo dejo que me cuente todo, se nos va a ir toda la hora o que me intente contar todo. Y en realidad nunca vamos a terminar, porque tenemos una hora a la semana para que me cuente lo del resto de los 6.9 días. Así que la manera más eficiente de trabajar es ir por pasos y con los elementos significativos.

Y en ese sentido, como estamos haciendo un acuerdo, yo le propondré escuchar un poco y después interrumpiré para hacer preguntas, para hacer experimentos, para proponer reflexiones, etcétera. De esa manera no solo vamos tejiendo una sesión en donde la persona me comparte y profundizamos con mi ayuda, sino que también voy haciéndole saber a la persona que la voy siguiendo y que estoy cuidando que trabajemos con lo que es significativo y hacia lo que le es importante, hacia lo que acordamos, hacia lo que nos estamos aliando.

Un porcentaje bueno, por supuesto, implicará no perderme en la narrativa o en las sensaciones de la otra persona, lo que le llaman secuestro narrativo en algunas corrientes. Lo que sea que me ayude, ya sea parar, ya sea hacer preguntas para clarificar o hacer resúmenes, después de dos minutos o tres de su reporte, yo tomarme un minuto para asegurarme de que estoy escuchando toda la historia y de que estoy tomando lo más significativo. Y cuando la persona me confirme que efectivamente eso es en lo que estamos, yo le propongo cómo seguir adelante, cómo ir a una exploración, o le ofrezco una intervención.

Cierre: Alianzas sobre héroes

Me gustaría cerrar retomando la idea de que el éxito de la terapia no se mide en los saltos cuánticos, que suelen ser esporádicos. Se mide en el acumulado de las pequeñas victorias, de todos los pequeños cambios que van sucediendo en una, en dos sesiones y a lo largo de todo el proceso. Para esto yo decía que ya se terminó la época de los héroes, y que la terapia no necesita más héroes y heroínas, necesita alianzas y colaboraciones. Me parece que si somos capaces de comprometernos con esa idea, vamos a ser mucho más útiles a la hora de facilitar un proceso terapéutico en la relación de ayuda, porque la persona viene buscando algo diferente a lo de allá afuera.

Quizás no viene buscando que sigan pasando oportunidades de recuperar su poder. Al asumir esta postura colaborativa, dejamos que ellas sean quienes se rescaten, quienes se protejan, quienes se salven, quienes se recuperen, con nuestro acompañamiento, más allá de ser quienes las sacamos del hoyo, quienes las sacamos del problema, quienes las sacamos de la enfermedad. Y así estas personas que vienen a trabajar con nosotros pueden ser las protagonistas de su historia, y para nosotras puede ser más digerible el intentar ser aliadas, colaboradoras, por encima de salvadoras y responsables totales de la vida de las personas que nos consultan.

La lectura

Texto de preparaciónPresencia, alianza, mirada y permisoLos cuatro niveles de un arco terapéutico y lo que nos ofrecemos entre terapeutas al supervisar.Leer el texto completo →

Lo leímos antes de la sesión, con media hora y un cuaderno. Propone mirar cada proceso como una serie de arcos y cada arco en cuatro niveles: presencia, alianza, mirada crítica y permiso. En la sesión lo usamos para ubicarnos: en qué nivel nos sentimos firmes y en cuál nos atoramos.

Para llevarte

Tres preguntas para la consulta de esta semana:

  • ¿Con qué pregunta abro mis sesiones, y qué acuerdo sale de ella?
  • ¿En qué momento dejé de proponer y empecé a ordenar?
  • ¿Cuánta información necesito de verdad para acompañar a esta persona?

En la sesión 2 seguimos con el consentimiento: qué es dar, qué es tomar, qué es recibir y qué es permitir.

El ciclo, sesión a sesión

  1. 1IntroducciónEstás aquí
  2. 2Dinero17 oct
  3. 3Sexualidad31 oct
  4. 4Poder14 nov
  5. 5Amor5 dic
  6. 6Verdad12 dic
  7. 7Insight9 ene
  8. 8Unidad16 ene
  9. 9Cierre13 feb
Patricio Ruiz Abrín

Supervisa

Patricio Ruiz

MTFS, SEP, CEP. Maestro titular del tercer año en el Instituto Córpore, asistente en Experiencia Somática México y Uruguay, y Maestro en Terapia Familiar Sistémica por el Instituto Crisol, con la especialización en terapia de pareja en curso. Trayectoria en Core Energética, Experiencia Somática y terapia familiar sistémica.

Mi formación y trayectoria →Diez años de práctica en cifras →

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